¡Qué pena que no anoté el día! Me hubiera gustado celebrar la fecha exacta.
A principios de año, en casa nos propusimos no usar cubiertos, platos ni vasos desechables a menos que fuera estrictamente necesario. Digo que nos propusimos, pero la verdad es que hubo que hacer algo de presión. Y lo logramos. Hoy que estuve en casa todo el día y me tocó fregar varias veces, caí en cuenta de que ya me acostumbré y hasta me sentí orgullosa de haber insistido. Quise calcular cuántos platos plásticos hemos dejado de usar que no desbordarán los vertederos del país.
Como en miles de casas de familias trabajadoras, aquí todos llegamos cansados, hambrientos y sin ganas de fregar. Nosotros, a falta de lavadora de platos (es que no cabe en la cocina – no crean que no lo he intentado), lo resolvíamos muy fácil: todo desechable. Por eso la idea de fregar levantó conflictos. ¿A quién le toca ahora? ¿Cada cuál friega lo suyo, o lo hacemos por tandas? ¿Quién dejó su plato del desayuno sin fregar?
En el camino fueron descubriéndose secretos, como que mi hija nunca había aprendido a fregar bien entre los dientes de los tenedores (de seguro la tenacidad que requiere eliminar queso que lleva un día pegado en un tenedor le servirá para algo en su vida). O que a mi marido le gusta que las cucharas se pongan de una manera particular en el escurridor.
Una vida simple implica no generar cosas innecesarias, incluyendo basura. A veces es más fácil recurrir a lo desechable. Pero al mundo no lo podemos desechar porque nos quedamos sin ninguno. Así es como lo fácil se vuelve complicado. Irónicamente, la vida simple implica pensar más allá de hoy, y no complicarle la existencia a los que ocuparán este espacio en el futuro.
A esas generaciones, mis disculpas. Fueron cientos de platos, cubiertos y vasos los que mandamos al vertedero y que tardarán 500 años en desintegrarse. Prometo que ni uno más. Ahora fregamos rapidito para que el queso no se pegue al tenedor.
domingo, 22 de junio de 2008
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