domingo, 22 de junio de 2008

Ropa limpia

[Cinco años después -- Esto lo escribí en el 2003, inlcuyendo la explicación al final. Como somos seres de hábito, sigue siendo cierto. Así que lo comparto.]

Cuando estoy indignada, escribo. Cuando estoy feliz, cocino. Pero cuando estoy intranquila, cuando la decepción me agobia y me falta la paz, me refugio en tandas y tandas de ropa limpia.
Me reconforta el olor a limpio, sin rastros de la locura de la calle.
Me tranquiliza la tibieza de una pieza recién sacada de la secadora, casi tanto como el calorcito que deja un bebé en su cuna.
Me calma la suavidad de las fibras naturales antes de que las toquen el almidón y la plancha.
Cuando me urge la purificación de los pusilánimes, no se salvan manteles ni sábanas, alfombras ni toallas, aunque tengan un solo día de uso.
Doblar la ropa ya lavada me parece una minúscula pero significativa aportación al universo: que no queden medias sin parejas; que los bordes de los pañuelos estén perfectamente alineados; que ninguna pieza quede en el abandono; que cada una de ellas ocupe su justo lugar entre sus pares. ¡Quién pudiera hacer lo mismo con el mundo!
Luego las coloco a todas como en procesión sobre la cama: montañitas de ropa, trofeos al equilibrio, como filas interminables de refugiados en feliz espera de ser devueltos a sus patrias. Las dejo ahí un rato, para que sus dueños las recojan y las guarden. También como evidencia fugaz de lo logrado en este día en el que la inseguridad no me dejó escribir y la desesperanza consumió mi tiempo de “trabajo productivo”.
Tal pulcritud será muy breve. Pronto volverán estas piezas a ser ropa sucia, marcadas por el polvo, el trajín y el descuido del próximo día. No importa. Sus hilos han atrapado mi ansiedad; en sus dobleces se acomodan las ideas que me asedian; y cada patrón reta a observarlo desde otra perspectiva.
Ropa recién lavada. Me devuelves la posibilidad de un mundo limpio y la confianza en la pureza de los corazones. Me aclaras la mirada para poder empezar de nuevo.
A modo de explicación:
Desde el 11 de septiembre he lavado y doblado mucha, mucha ropa (es siempre la misma, ahora más gastada). Primero como excusa para poder estar frente al televisor (en lo que doblo y doblo). Luego como escape al televisor. Más tarde como ejercicio reflexivo (tiempo para conciliar ideas y sentimientos ni siquiera relacionados con esa fecha), cada botón en su ojal como cuentas de un rosario muy peculiar.
Quise escribir al respecto para no olvidar cómo el universo entero está presente en la cotidianidad y cuán conectados podemos estar, aún en la simplicidad doméstica. También, en honor a aquellos que hacen lo suyo con dignidad y maestría --sea un asopao o un poema-- y con ello elevan nuestra existencia. Gracias por la ropa limpia.

El queso en el tenedor

¡Qué pena que no anoté el día! Me hubiera gustado celebrar la fecha exacta.
A principios de año, en casa nos propusimos no usar cubiertos, platos ni vasos desechables a menos que fuera estrictamente necesario. Digo que nos propusimos, pero la verdad es que hubo que hacer algo de presión. Y lo logramos. Hoy que estuve en casa todo el día y me tocó fregar varias veces, caí en cuenta de que ya me acostumbré y hasta me sentí orgullosa de haber insistido. Quise calcular cuántos platos plásticos hemos dejado de usar que no desbordarán los vertederos del país.

Como en miles de casas de familias trabajadoras, aquí todos llegamos cansados, hambrientos y sin ganas de fregar. Nosotros, a falta de lavadora de platos (es que no cabe en la cocina – no crean que no lo he intentado), lo resolvíamos muy fácil: todo desechable. Por eso la idea de fregar levantó conflictos. ¿A quién le toca ahora? ¿Cada cuál friega lo suyo, o lo hacemos por tandas? ¿Quién dejó su plato del desayuno sin fregar?

En el camino fueron descubriéndose secretos, como que mi hija nunca había aprendido a fregar bien entre los dientes de los tenedores (de seguro la tenacidad que requiere eliminar queso que lleva un día pegado en un tenedor le servirá para algo en su vida). O que a mi marido le gusta que las cucharas se pongan de una manera particular en el escurridor.

Una vida simple implica no generar cosas innecesarias, incluyendo basura. A veces es más fácil recurrir a lo desechable. Pero al mundo no lo podemos desechar porque nos quedamos sin ninguno. Así es como lo fácil se vuelve complicado. Irónicamente, la vida simple implica pensar más allá de hoy, y no complicarle la existencia a los que ocuparán este espacio en el futuro.

A esas generaciones, mis disculpas. Fueron cientos de platos, cubiertos y vasos los que mandamos al vertedero y que tardarán 500 años en desintegrarse. Prometo que ni uno más. Ahora fregamos rapidito para que el queso no se pegue al tenedor.

$16.99?

En una mesa en la sala de mi casa hay un pequeño envase de cristal lleno de conchas y caracoles. Lleva años rotando de mesa en mesa. Una vez lo tuve en mi escritorio, donde peligró en par de ocasiones. También pasó una temporada en la cocina, a donde llegó tras la transformación del cuarto de mi hija de palacio de princesa a cueva de adolescente.
Estos caracolitos son la mitad de una colección familiar recogida en paseos a la playa cuando ella era pequeña. La otra mitad la componen piedras de tamaños y apariencias diversas. Por razones que sólo mi hija sabe, las piedras sobrevivieron el resaque de artículos de su niñez y allí están, en su cuarto, junto con unos cuantos peluches descoloridos.
Yo me quedé con los caracoles. Y vuelvo a los caracoles porque en una recién inaugurada tienda de decoración quedé espantada con una bolsa de caracolitos al increíble precio de $16.99. O algo así, porque, del susto, puse el paquete de vuelta en la tablilla tan rápido que no recuerdo bien el precio exacto.
Los había cogido porque me recordaron los nuestros, los que escogimos entre las dos. Los que ella se encargó de envolver en una servilleta para que no se perdieran. Esos que luego lavamos y clasificamos en casa. Los que miro con la nostalgia de quien sabe que esos tiempos ya no volverán.
Señores, ¡alguien está vendiendo recuerdos a $16.99! Y algún incauto los comprará, convencido del concepto tan finamente elaborado por los expertos en merchandising – en combinación con toda la decoración costera idéntica en todas las sucursales de todos los mercados de la cadena.
Yo voy a regresar a la tienda, no para comprar caracoles – que los nuestros son insustituibles. Tengo que volver, para estudiar la historia que narra el fabuloso staging de tema veraniego. ¿Quiénes son estos personajes que tienen sus caracoles tan bien puestos en su terraza que es la terraza de miles otros personajes? ¿Qué memorias guardan con cada objeto? ¿Con los caracoles?
¿Serán de plástico los caracoles? ¿Y las estrellas de mar? Las estrellas se veían tan lindas – y nunca he encontrado una en las playas de aquí. ¿Valdrá la pena comprar una – digo, como decoración más que como recuerdo artificial?
Y si son auténticos los caracoles, ¿cómo consiguen tantos? Me imagino una aldea costera de la India en la que los habitantes recogen caracoles para vender a la cadena por una centavería el millar. En vacaciones, los niños ayudan a sus padres y al final de la jornada se tiran al mar a refrescarse… No creo. Seguramente alguna máquina como esas de segar trigo peina las arenas en busca de caracoles… O un molde gigantesco produce cientos de caracoles idénticos por minuto… Una máquina de fabricar historias y recuerdos. Nada más simple en el mundo.

The Simple Life

The simple life. Así, en inglés. Fue la frase que más me llamó la atención de un artículo sobre una pareja que había ahorrado grandes cantidades de dinero para disfrutar de su vejez, viviendo una vida simple.
Contaba el matrimonio que durante años usaron su dinero de manera muy precavida: no cambiaban los enseres domésticos si los viejos funcionaban, evitaban gastos extravagantes, compraban artículos de calidad y durabilidad, y disfrutaban de placeres sencillos y poco costosos. Cuestionaba esta sabia pareja el que ahora se gaste más de un dólar en una taza de café, que se cambien los autos sin señas de deterioro, o la tendencia a redecorar las casas cada cinco años. En la planificación financiera, como en la vida toda, la mayoría de los líos que tenemos, y que nos alejan de una vida simple, los creamos nosotros mismos con ideas equivocadas de lo que nos puede hacer mejores personas, lo que nos da la felicidad, lo que necesitamos y queremos.
Yo quiero la vida simple. Una existencia en la que sean muy pocos los actos sin sentido y los desperdicios de energía. Con sólo lo necesario para ser más. Sin estorbos artificiales – me bastan los naturales que trae la vida. Una vida simple, que no quiere decir simplista, ni pobre, ni fácil, ni sosa.
Lamentablemente, soy una persona bastante complicada, a pesar de mis esfuerzos. Mis rollos son tan enredados que ni yo misma los entiendo. A eso se suman las complicaciones que conlleva la vida en familia al juntarse los rollos de todos.
Por ejemplo, hace tiempo escogí trabajar por mi cuenta, no ser empleada, pensando que sería más fácil la vida personal y familiar. Ni tan fácil. Todo tiene sus ventajas y desventajas, y en un país tan extraño como el nuestro, muy pocas cosas fluyen con facilidad.
¿Cómo qué? Bueno, pues esas cosas que escuchamos por ahí:
-Las relaciones que no funcionan pero que no queremos romper
-El presupuesto familiar que tenemos que rehacer todos los meses
-Las manías de este mes de nuestros hijos
-Las expectativas irreales que nos ponemos nosotras mismas
Y tanto más.
Por mi parte, estoy decidida a hacerme una vida simple: pensar mejor mis estrategias de trabajo, cuestionar más en qué gasto mi dinero y mi tiempo, revisar mis prioridades, deshacerme de todas esas cosas que estorban – incluyendo las emociones mal puestas.
Les comparto este espacio, para que pongamos en común nuestras ideas, lo que nos ha funcionado, lo que no. La invitación es a inspirarnos unos a los otros a vivir la mejor vida posible: una existencia simple y con sentido.
DCT