En una mesa en la sala de mi casa hay un pequeño envase de cristal lleno de conchas y caracoles. Lleva años rotando de mesa en mesa. Una vez lo tuve en mi escritorio, donde peligró en par de ocasiones. También pasó una temporada en la cocina, a donde llegó tras la transformación del cuarto de mi hija de palacio de princesa a cueva de adolescente.
Estos caracolitos son la mitad de una colección familiar recogida en paseos a la playa cuando ella era pequeña. La otra mitad la componen piedras de tamaños y apariencias diversas. Por razones que sólo mi hija sabe, las piedras sobrevivieron el resaque de artículos de su niñez y allí están, en su cuarto, junto con unos cuantos peluches descoloridos.
Yo me quedé con los caracoles. Y vuelvo a los caracoles porque en una recién inaugurada tienda de decoración quedé espantada con una bolsa de caracolitos al increíble precio de $16.99. O algo así, porque, del susto, puse el paquete de vuelta en la tablilla tan rápido que no recuerdo bien el precio exacto.
Los había cogido porque me recordaron los nuestros, los que escogimos entre las dos. Los que ella se encargó de envolver en una servilleta para que no se perdieran. Esos que luego lavamos y clasificamos en casa. Los que miro con la nostalgia de quien sabe que esos tiempos ya no volverán.
Señores, ¡alguien está vendiendo recuerdos a $16.99! Y algún incauto los comprará, convencido del concepto tan finamente elaborado por los expertos en merchandising – en combinación con toda la decoración costera idéntica en todas las sucursales de todos los mercados de la cadena.
Yo voy a regresar a la tienda, no para comprar caracoles – que los nuestros son insustituibles. Tengo que volver, para estudiar la historia que narra el fabuloso staging de tema veraniego. ¿Quiénes son estos personajes que tienen sus caracoles tan bien puestos en su terraza que es la terraza de miles otros personajes? ¿Qué memorias guardan con cada objeto? ¿Con los caracoles?
¿Serán de plástico los caracoles? ¿Y las estrellas de mar? Las estrellas se veían tan lindas – y nunca he encontrado una en las playas de aquí. ¿Valdrá la pena comprar una – digo, como decoración más que como recuerdo artificial?
Y si son auténticos los caracoles, ¿cómo consiguen tantos? Me imagino una aldea costera de la India en la que los habitantes recogen caracoles para vender a la cadena por una centavería el millar. En vacaciones, los niños ayudan a sus padres y al final de la jornada se tiran al mar a refrescarse… No creo. Seguramente alguna máquina como esas de segar trigo peina las arenas en busca de caracoles… O un molde gigantesco produce cientos de caracoles idénticos por minuto… Una máquina de fabricar historias y recuerdos. Nada más simple en el mundo.
domingo, 22 de junio de 2008
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