viernes, 7 de octubre de 2011

Hoy celebro a tres mujeres espectaculares

Esto ya es parte de mi rutina semanal. Todos los viernes celebro públicamente en FB algo bueno para el país. Todos los lunes amanezco espantada con los crímenes del fin de semana. Todos los miércoles entro en desesperación porque no encontraré qué celebrar más allá de estar viva, tener familia, amigos, trabajo (que no hay que dejar de celebrarlo). Y siempre, a última hora, descubro algo que me parece que hace la diferencia para el colectivo.

Eso me pasó anoche jueves, cuando se me revelaron con gran claridad tres personas maravillosas a quienes quiero celebrar. Tres mujeres espectaculares.

A la primera que le quiero dedicar este viernes es a mi amiga Frances Lausell, quien sigue insistiendo en hacer cine que nos entretenga, conmueva y represente -- con o sin premios, con o sin dinero. Gracias por tu perseverancia.

También quiero celebrar a la equivalente de Frances en la República Dominicana, Leticia Tonos. Ella es la primera mujer de su país en producir un filme comercial, La hija natural. Una historia mágica coproducida con Puerto Rico. A Leticia la conocí en estos días, y hablábamos de lo difícil que es todo en nuestros países. Pero me voló la cabeza su filosofía de vida. Yo le decía, como para consolarnos, que más difícil es en África y la gente vive, trabaja y hace lo que tiene que hacer con lo que se puede. Ella me respondía que la diferencia es que allí donde menos recursos hay la gente aborda el asunto con humor, porque qué más van a hacer. Ella dice que el trabajo no es difícil, simplemente es trabajoso. “Lo que hay que hacer es hacerlo”. Y lo va logrando. La hija natural me hizo reír como hace tiempo no lo hacía.

Por último, celebro a Mariny Vázquez, líder comunitaria de Naguabo que lleva años trabajando primero con jóvenes, luego con temas de reciclaje, y ahora con responsabilidad social empresarial. El municipio de Naguabo le dedicó anoche las fiestas patronales del pueblo en reconocimiento a su labor y compromiso social. Felicidades, Mariny, te mereces ese país que sueñas y construyes poco a poco desde tu espacio.

Gracias a las tres por darme razones para celebrar.

Es cierto que la gente buena hace lo que le toca sin esperar premios ni reconocimientos. Pero sin duda el agradecimiento les anima a seguir su lucha en medio de tanta mediocridad e ineficiencia. Así que si conoces a alguien que hace bien lo que le toca, dale las gracias y ¡celébralo!


viernes, 1 de julio de 2011

Una sola cosa

Una sola cosa buscaba. Una sola cosa buena en el país para celebrarla. Esta semana, la búsqueda fue complicada. Pero lo que encontré me está ilusionando.

Mis conocidos de FB saben que, desde hace varias semanas, todos los viernes identifico al menos un acontecimiento o individuo que me parezca digno de celebración colectiva. No es changuería de optimismo sentimental. Resulta que tengo fama de criticar mucho y ser “voice of doom” (como se engaña una, yo que me considero una persona de esperanza, de “protesta con propuesta”). Así que para no caer tan mal (no que me importe mucho cómo caiga, pero por eso de no quitarle la paz a nadie), y en contra de mi enraizada formación periodística, quise explorar eso de fijarme en lo positivo en lugar de lo negativo.

Aquí hago un paréntesis para explicar al universo de no periodistas que la cantidad de noticias “negativas” en los medios no responde a una obsesión enfermiza de quienes trabajan en ellos, ni a una aversión a la felicidad (aunque debe haber algún caso de eso). El origen de la profesión fue precisamente la necesidad de denunciar lo que no funcionaba en una sociedad y plantear otras visiones y caminos. Aprendimos que es positivo que se sepa lo que no funciona, porque entonces podemos arreglarlo. Claro, está todo el asunto del “agenda setting” y demás, pero eso es otra historia. A lo que voy es que tengan paciencia, por favor, que me es muy duro esto de ver un mundo de noticias “positivas” cuando tenemos problemas serios. Cierro paréntesis.

Decía que empecé a buscar. Pero, como yo soy yo, no iba a invitar a nadie a celebrar lo lindo que está el día, ni que respiramos. Ni a aburrirlos con mis pequeños logros. Todo eso es muy digno de agradecimiento a la vida, y que cada cual lo haga a su manera. A mí me dio con reconocer aquello que implica un bien colectivo: los esfuerzos de individuos para superarse y construir con otros; el compromiso comunitario; los intentos de hacer un país mejor... A mala hora.

Ya habrán visto que escogí el peor momento para mi búsqueda. Perdón, ya estoy negativa de nuevo. Empiezo otra vez: Ya habrán visto que escogí un momento de grandes retos sociales. Las últimas dos semanas se pasaron, entre asesinatos, crímenes contra niños, violencia machista, impunidad en las esferas de poder… Digo, [qué fuerte es esto] las últimas dos semanas nos han planteado muchas áreas de oportunidad para mejorar nuestra vida en sociedad y replantearnos nuestros valores… [uf, esa me dio trabajo.]

Persistente en mi intento, celebré lo que me era obvio en mi esquema mental. En el país hay muchos construyendo futuro en el anonimato, desde comunidades, iglesias, organizaciones sin fines de lucro, negocios y el servicio público. Pero también me salí de mi zona de comodidad y celebré otras cositas, incluyendo —merecido lo tiene— a Barea. Hasta ayer.

Ayer, las noticias sobre Piculín y el récord de muertes del mes llegaron justo cuando pensaba en qué celebrar hoy. Y me cogí diciéndome a mí misma: “por suerte Javier Culson salvó el día”. Tuve que parar en seco (sin ofensa para Culson, que no es personal), y escuchar mi “voice of doom” interna:

[Esto por favor lo leen en ese tonito de estar como agua para chocolate.] Mira, te voy a decir UNA COSA. Estamos mal, hay mucho que hacer, y no estamos para perder tiempo. ¿Te ganaste una medalla, una corona, un diploma, un disco de oro o la Loto? Qué bueno. Agradece al cielo y a todos los que están en tu lista y dale pa’ lante que pa’ luego es tarde. ¿Que algún proyecto gubernamental está funcionando? Pero, ¿y es que eso hay que celebrarlo, no es para eso que existen? Nuestra expectativa es que funcionen, no que fracasen. Así que si terminaron, arreglen el próximo. ¿Qué alguien está poniendo el nombre de Puerto Rico en alto? Muchas gracias por alimentarnos el ego y la identidad. Se aprecia, en serio, la aportación a la autoestima colectiva. Pero en este momento, digo yo, como que lo que nos urge poner en alto es LA VIDA y LA DIGNIDAD.

¿Dónde se reúne el grupo de apoyo para las que tenemos escasez de afirmaciones positivas? ¿El universo al que hay que declararle las cosas tiene un programa de 12 pasos para las recaídas?

Yo insisto. Es verdad que vamos construyendo sobre logros menores que abonan al macro. Como dicen en los maratones, no hay aportación pequeña. Pero, bendito, hay que atender el macro con estrategia y visión, porque nos corremos el riesgo de quedarnos en lo chiquito y no resolver lo grande. Necesitamos más. Yo quiero más. Y yo sé que es posible más. [¿Vieron que sí tengo esperanza?]

Con estas ideas me debatía a mí misma, cuando caí en cuenta de que las señales de una nueva visión se van dando. Son señales tenues, pero valiosas. Dirán que soy la peor, pero hoy voy a celebrar dos situaciones que parecen negativas: La primera, que algún político quiso insultar a otro con una referencia al autismo, y quedó arropado por una ola de indignación pública. Celebro tanta indignación. Que se repita, que razones sobran para estar indignados. La segunda, que el pueblo está consternado, anonadado y casi catatónico con la situación de Piculín. Pues yo me alegro. No por Piculín, sino por nosotros. Porque por fin gente que no toca el tema está cuestionando de qué estamos hablando cuando mencionamos la economía subterránea y su espiral de violencia; qué significa medicalizar algunas drogas; y la relación entre la frágil (por no decir artificial) estabilidad aparente y el desmoronamiento social y emocional que lleva a – entre otras cosas– la adicción, la violencia, la inequidad. Ni voy a hablar de los mitos y los héroes que nos creamos a falta de modelos reales…

Y para que no digan que me regusto en lo negativo, celebro la campaña “Alimenta el espíritu” de Iniciativa Comunitaria. Por la manera en que Iniciativa realiza su trabajo, hace posible que mucha gente buena colabore desde afuera; pero también nos confronta de cerca con la realidad que tratamos de ignorar. Me anima que más gente se fije en el significado de la solidaridad, y dejen de hablar de “los valores” como cosas abstractas.

Por último, para que no se crean que no tengo alma ni tengo corazón (parafraseando a algún personaje de TV), les comparto algo personal: este fin de semana celebro 20 años de compañía de la ilusión hecha persona. Gracias, Ric. Tanto optimismo y esperanza desarman mis peores pronósticos en la vida.

A ver qué celebramos el próximo viernes.

lunes, 31 de enero de 2011

10 razones para aprender a correr bicicleta a mi avanzada edad

Aprendí a correr bicicleta hace escasamente dos semanas. Cuando digo que aprendí, realmente significa que puedo correr por unos 10 a 15 minutos seguidos, en línea recta, siempre y cuando no haya niños que se me crucen en el camino, carros con los que pueda chocar o perros que me saquen de concentración.

En estas dos semanas he tratado de practicar con frecuencia, a ver si domino la destreza. Pero lo cierto es que todavía me duelen los primeros golpes, y ya tengo otros encima de esos. Mientras hago inventario de los moretones y rasguños, vuelvo y me pregunto por qué sigo intentando. Aquí las razones que me doy a mí misma:

  1. La original: para que todos en la familia hagamos ejercicios, o al menos alguna actividad al aire libre, juntos. Después del baile, el gimnasio, la yoga, el Wii, el Kinect y otras vainas que termino usando yo solita, me rendí. No me quedó otra que aprender a correr bicicleta, que es lo que ellos dicen que de verdad, de verdad les gusta. Pues ya no tienen excusa…
  2. Sol, brisa, árboles, calle. Las tardes de enero son hermosas, frescas y, gracias a las estaciones del año, breves. Nota al calce: Las guías de seguridad dicen que no es recomendable correr bici de noche. Mi agradecimiento a quien inventó las guías de seguridad.
  3. Para estar fuera de la casa a la hora de los noticiarios y La Comay. La mejor de las razones en estos tiempos en que las pruebas de dopaje, cabelleras escasas y todo lo que ya ustedes conocen ocupan el tiempo de las noticias.
  4. Ver a los vecinos. Antes caminaba de noche, cuando la mayoría ya está frente a sus televisores. Ahora los veo… y me ven. Algunos me saludan con pena. Ya hay uno que cuando regresa a su casa del trabajo me cede el paso y deja una distancia prudente para que no me asuste. Veo también a los hijos de los vecinos en sus bicicletas y patinetas. Supongo que cumplo la honorable función de divertirlos en el papel de la señora loca de la bicicleta, la que grita cuando se va a caer.
  5. Es una excelente metáfora de la vida. “Aprieta el abdomen para hacer balance, relájate, y tírate”, realmente quiere decir “Aprieta el alma, no pienses, y atrévete”. O cuando desgloso mentalmente los pasos para hacer un viraje: A veces, para ir hacia la izquierda hay que moverse un poco hacia la derecha y hacer la curva más abierta…
  6. Para recordar cómo se siente tener cinco años. Nunca hay que subestimar lo fácil —y lo difícil— que es tener cinco años. Sí, ellos aprenden rápido y se recuperan inmediatamente de los golpes, pero tienen que atreverse a hacer cosas sin ningún marco de referencia. Son los más valientes.
  7. Algún día, cuando pueda estar más de media hora corrida sobre la bici, quemaré suficientes calorías como para decir que hice algo de ejercicio.
  8. Y cuando llegue la temporada lluviosa, tendré excusa para no hacer ejercicio – no tengo intenciones de correr bici bajo la lluvia.
  9. Por eso de parecerme un poco al País: hay que moverlo un poco para que avance; y cuando se estanca, hay que empujarlo.
  10. Para seguir con la tradición personal de no quitarme hasta que lo logre.
  11. La ñapa: Porque sí. Porque puedo. Hay quien no puede caminar, levantarse, trabajar. A nombre de ellos, a pedalear.

Si a alguien se le ocurre alguna otra razón válida que me sirva de motivación, es bienvenido a compartirla. ;-)

martes, 19 de enero de 2010

Matemáticas

Una de mis resoluciones es escribir, al menos una vez en semana, algo que no tenga que ver con trabajo. Lo que sea, como salga, para retomar la costumbre.
Aquí va el primer intento.

Matemáticas

En un salón muy normal,

sin nada de particular,

estaba Lisa sentada,

soñando con todo y con nada.

“Lisa, ¡Lisita!

Deja de soñar con maripositas.”

Así le decía la maestra,

Pensando: educar a esta niña sí que cuesta.

Mas, qué confundida está la señora.

Pues todo lo tiene claro Lisa en su mente exploradora.

A Lisa los números le riman y le bailan:

El seis le guiña el ojo con esa larga pestaña.

Y el tres, con sus dos barrigas,

Le recuerda la vecina de arriba.

“Maestra, no se apure. Ya me lo han dicho en mi casa:

Yo aprendo a mi manera, cuando mi mamá me repasa.

No es que la lección no entre en mi mente.

Es que, simplemente, yo soy diferente.”

domingo, 22 de junio de 2008

Ropa limpia

[Cinco años después -- Esto lo escribí en el 2003, inlcuyendo la explicación al final. Como somos seres de hábito, sigue siendo cierto. Así que lo comparto.]

Cuando estoy indignada, escribo. Cuando estoy feliz, cocino. Pero cuando estoy intranquila, cuando la decepción me agobia y me falta la paz, me refugio en tandas y tandas de ropa limpia.
Me reconforta el olor a limpio, sin rastros de la locura de la calle.
Me tranquiliza la tibieza de una pieza recién sacada de la secadora, casi tanto como el calorcito que deja un bebé en su cuna.
Me calma la suavidad de las fibras naturales antes de que las toquen el almidón y la plancha.
Cuando me urge la purificación de los pusilánimes, no se salvan manteles ni sábanas, alfombras ni toallas, aunque tengan un solo día de uso.
Doblar la ropa ya lavada me parece una minúscula pero significativa aportación al universo: que no queden medias sin parejas; que los bordes de los pañuelos estén perfectamente alineados; que ninguna pieza quede en el abandono; que cada una de ellas ocupe su justo lugar entre sus pares. ¡Quién pudiera hacer lo mismo con el mundo!
Luego las coloco a todas como en procesión sobre la cama: montañitas de ropa, trofeos al equilibrio, como filas interminables de refugiados en feliz espera de ser devueltos a sus patrias. Las dejo ahí un rato, para que sus dueños las recojan y las guarden. También como evidencia fugaz de lo logrado en este día en el que la inseguridad no me dejó escribir y la desesperanza consumió mi tiempo de “trabajo productivo”.
Tal pulcritud será muy breve. Pronto volverán estas piezas a ser ropa sucia, marcadas por el polvo, el trajín y el descuido del próximo día. No importa. Sus hilos han atrapado mi ansiedad; en sus dobleces se acomodan las ideas que me asedian; y cada patrón reta a observarlo desde otra perspectiva.
Ropa recién lavada. Me devuelves la posibilidad de un mundo limpio y la confianza en la pureza de los corazones. Me aclaras la mirada para poder empezar de nuevo.
A modo de explicación:
Desde el 11 de septiembre he lavado y doblado mucha, mucha ropa (es siempre la misma, ahora más gastada). Primero como excusa para poder estar frente al televisor (en lo que doblo y doblo). Luego como escape al televisor. Más tarde como ejercicio reflexivo (tiempo para conciliar ideas y sentimientos ni siquiera relacionados con esa fecha), cada botón en su ojal como cuentas de un rosario muy peculiar.
Quise escribir al respecto para no olvidar cómo el universo entero está presente en la cotidianidad y cuán conectados podemos estar, aún en la simplicidad doméstica. También, en honor a aquellos que hacen lo suyo con dignidad y maestría --sea un asopao o un poema-- y con ello elevan nuestra existencia. Gracias por la ropa limpia.

El queso en el tenedor

¡Qué pena que no anoté el día! Me hubiera gustado celebrar la fecha exacta.
A principios de año, en casa nos propusimos no usar cubiertos, platos ni vasos desechables a menos que fuera estrictamente necesario. Digo que nos propusimos, pero la verdad es que hubo que hacer algo de presión. Y lo logramos. Hoy que estuve en casa todo el día y me tocó fregar varias veces, caí en cuenta de que ya me acostumbré y hasta me sentí orgullosa de haber insistido. Quise calcular cuántos platos plásticos hemos dejado de usar que no desbordarán los vertederos del país.

Como en miles de casas de familias trabajadoras, aquí todos llegamos cansados, hambrientos y sin ganas de fregar. Nosotros, a falta de lavadora de platos (es que no cabe en la cocina – no crean que no lo he intentado), lo resolvíamos muy fácil: todo desechable. Por eso la idea de fregar levantó conflictos. ¿A quién le toca ahora? ¿Cada cuál friega lo suyo, o lo hacemos por tandas? ¿Quién dejó su plato del desayuno sin fregar?

En el camino fueron descubriéndose secretos, como que mi hija nunca había aprendido a fregar bien entre los dientes de los tenedores (de seguro la tenacidad que requiere eliminar queso que lleva un día pegado en un tenedor le servirá para algo en su vida). O que a mi marido le gusta que las cucharas se pongan de una manera particular en el escurridor.

Una vida simple implica no generar cosas innecesarias, incluyendo basura. A veces es más fácil recurrir a lo desechable. Pero al mundo no lo podemos desechar porque nos quedamos sin ninguno. Así es como lo fácil se vuelve complicado. Irónicamente, la vida simple implica pensar más allá de hoy, y no complicarle la existencia a los que ocuparán este espacio en el futuro.

A esas generaciones, mis disculpas. Fueron cientos de platos, cubiertos y vasos los que mandamos al vertedero y que tardarán 500 años en desintegrarse. Prometo que ni uno más. Ahora fregamos rapidito para que el queso no se pegue al tenedor.

$16.99?

En una mesa en la sala de mi casa hay un pequeño envase de cristal lleno de conchas y caracoles. Lleva años rotando de mesa en mesa. Una vez lo tuve en mi escritorio, donde peligró en par de ocasiones. También pasó una temporada en la cocina, a donde llegó tras la transformación del cuarto de mi hija de palacio de princesa a cueva de adolescente.
Estos caracolitos son la mitad de una colección familiar recogida en paseos a la playa cuando ella era pequeña. La otra mitad la componen piedras de tamaños y apariencias diversas. Por razones que sólo mi hija sabe, las piedras sobrevivieron el resaque de artículos de su niñez y allí están, en su cuarto, junto con unos cuantos peluches descoloridos.
Yo me quedé con los caracoles. Y vuelvo a los caracoles porque en una recién inaugurada tienda de decoración quedé espantada con una bolsa de caracolitos al increíble precio de $16.99. O algo así, porque, del susto, puse el paquete de vuelta en la tablilla tan rápido que no recuerdo bien el precio exacto.
Los había cogido porque me recordaron los nuestros, los que escogimos entre las dos. Los que ella se encargó de envolver en una servilleta para que no se perdieran. Esos que luego lavamos y clasificamos en casa. Los que miro con la nostalgia de quien sabe que esos tiempos ya no volverán.
Señores, ¡alguien está vendiendo recuerdos a $16.99! Y algún incauto los comprará, convencido del concepto tan finamente elaborado por los expertos en merchandising – en combinación con toda la decoración costera idéntica en todas las sucursales de todos los mercados de la cadena.
Yo voy a regresar a la tienda, no para comprar caracoles – que los nuestros son insustituibles. Tengo que volver, para estudiar la historia que narra el fabuloso staging de tema veraniego. ¿Quiénes son estos personajes que tienen sus caracoles tan bien puestos en su terraza que es la terraza de miles otros personajes? ¿Qué memorias guardan con cada objeto? ¿Con los caracoles?
¿Serán de plástico los caracoles? ¿Y las estrellas de mar? Las estrellas se veían tan lindas – y nunca he encontrado una en las playas de aquí. ¿Valdrá la pena comprar una – digo, como decoración más que como recuerdo artificial?
Y si son auténticos los caracoles, ¿cómo consiguen tantos? Me imagino una aldea costera de la India en la que los habitantes recogen caracoles para vender a la cadena por una centavería el millar. En vacaciones, los niños ayudan a sus padres y al final de la jornada se tiran al mar a refrescarse… No creo. Seguramente alguna máquina como esas de segar trigo peina las arenas en busca de caracoles… O un molde gigantesco produce cientos de caracoles idénticos por minuto… Una máquina de fabricar historias y recuerdos. Nada más simple en el mundo.